(adaptación de una fabula del canadiense Clarence Gillis)
Es la historia de un lugar
llamado Ratolandia.
Ratolandia era un lugar donde
todos los ratoncitos vivían y jugaban, donde nacían y morían. Y ellos vivían de
la misma manera que tú y yo lo hacemos. Incluso tenían un Congreso y cada Tres
años tenían elecciones. Caminaban rumbo a las urnas y votaban.
Algunos hasta obtenían un aventón, un aventón que recibían cada tres años, como
es lo normal. Tal como nos pasa a ti y a mí.
Y cada día de elecciones todos
los ratoncitos acostumbraban a ir a las urnas y elegían un gobierno. Un
gobierno formado por enormes y gordos gatos negros. Ahora bien, si piensas que es extraño el
elegir gatos siendo ratones, solo hace falta mirar la historia de México en su
ultimo siglo; entonces te darás cuenta
que ellos -los ratones- no son más estúpidos que nosotros. No estoy diciendo
nada en contra de los gatos, ellos eran buenos compañeros, conducían el
gobierno dignamente, elaboraban buenas leyes, es decir, leyes buenas para los
gatos. Y estas leyes que eran buenas para los gatos, no eran muy favorables
para los ratones. Una de las leyes decía, que la entrada a la ratonera debía
ser tan grande como para que un gato pudiera meter su pata en ella. Otra ley
decía, que los ratones solo podían moverse a ciertas velocidades, para que el
gato consiguiera desayuno sin realizar mucho esfuerzo físico.

Todas estas leyes, eran buenas
para los gatos, aunque para los ratones eran bastante duras. Y cuando los
ratones lo tuvieron más y más difícil, y se cansaron de aguantar, dijeron de
hacer algo al respecto. Entonces, fueron en masa a las urnas, votaron contra
los gatos negros… y eligieron gatos blancos.
Los gatos blancos lanzaron una
campaña genial, dijeron: “todo lo que necesita Ratolandia, es una visión de
futuro”, y terminaron prometiendo “el problema de Ratolandia, son las entradas
redondas de las ratoneras, si ustedes nos eligen, las construiremos cuadradas”.
Y lo hicieron, las entradas cuadradas eran el doble de las redondas, ahora el
gato podía meter las dos patas y la vida para los ratones, se tornó más
complicada. Y cuando no pudieron soportarlo más, votaron contra los gatos
blancos y pusieron a los negros de nuevo. Para luego regresar a los blancos y
de ahí a los negros otra vez. Incluso trataron con gatos mitad negro, mitad
blanco y lo llamaron coalición.
En su desesperación, intentaron dar el
gobierno a gatos con manchas, eran gatos que intentaban sonar como ratones pero
comían como gatos. Verán amigos míos, el problema no estaba en el color de los
gatos, el problema estaba en que eran gatos. Y como son gatos, naturalmente
miraban por sus intereses de gato y no de ratones.
Finalmente, llegó desde lejos un
ratoncito quién tuvo una idea. Mis amigos, atentos a las palabras del humilde
compañero, el ratón les dijo: “miren, compañeros ¿porqué seguimos eligiendo un
gobierno hecho por gatos?, ¿porqué no elegimos un gobierno de ratones?”…“¡OHHH…!”
dijeron… “es un COMUNISTA”, así que lo metieron en la cárcel.
Pero quiero recordarles que
pueden encerrar a un ratón o a un hombre, pero lo que nunca podrán, será
encerrar las ideas.




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